Parece que he encontrado a alguien que quiere escucharme, así que si todo va bien pronto podré hacer un ensayo más que necesita el primer artículo. Es el primer paso.
Bueno, os cuento mi rollo de la PCR. Yo me metí en este mundo de las PCRs porque no había manera de explicar los resultados que obtenía. Leyendo aprendí que existen diversos métodos de cuantificación y que ninguno de ellos permite la obtención de unos resultados fiables. Mientras yo intentaba entender porqué esto es así, los popes de las PCRs publicaron MIQE. Estos popes, tras años de discusión sobre qué sistema es el mejor, han decidido por un lado, que cuando publiquemos algo haya que aportar toda la información de cómo lo hemos realizado (de forma que uno de ellos siempre puede revisar tus datos y decirte que no lo has hecho bien, MIQE), y por otro, se han puesto de acuerdo en que todos sus métodos son igual de válidos (que bien, ya no se pelean!) (Ruijter et al. 2012).
Mientras esto es lo que se publica, yo sigo haciéndome la misma pregunta, ¿Por qué los resultados de qPCR siguen sin ser fiables?.
Intentando resolver esta pregunta, diseñé un experimento que sugiere que no son los diferentes métodos los que fallan, sino el modelo de PCR que utilizamos, y que es lo que ahora intento publicar.